Ana María pierde la paciencia:
-¡Pero dime, dime qué pasa con la libreta! –exclama.
-Está bien, escucha.
III
“Los días cada vez están más acelerados, parece que no fueran días. Tengo esa sensación de que pronto todo va a acabar. No lo sé, a veces creo que ella puede tener a otro o simplemente se está volviendo loca, aún no lo sé. La veo hablando sola, saliendo de noche, regresando de madrugada, fría, tiritando. Me observa con distancia, con lejanía. Los días pasan rápido, dije. Así pasan mis días, viéndola salir en un momento, cuando todo está oscuro, y luego, al instante siguiente regresa. No pareciera que está toda la noche afuera, no pasan cinco minutos cuando ya amanece y todo se vuelve claro. Y a ella no la veo. Sólo pasa por nuestro dormitorio y me mira. Luego se va al trabajo.
Los días pasaban así hasta esta mañana cuando ella regresó bastante agitada. Parecía triste. Muy triste y angustiada. Sacó esa esfera de plata que lleva al cuello y le empezó a hablar, suele hacer eso. (Debo recordar llamar al doctor para que venga a verla. Espero que no sea muy grave lo que le sucede). Bueno, le hablaba a la esfera. Ella le decía lo mal que se sentía al haber perdido su empleo, y que no sólo perdió eso, también otra cosa muy preciada que no logro recordar que es. Quise acercarme, pero no pude. Sentía que estaba demás, ella nunca me habló de sus problemas, nunca conversábamos mucho de muchas cosas. Pero a esa esfera sí le habla mucho, seguramente se la regaló alguien muy importante, tanto que ni siquiera yo puedo saber quién es. Aunque no siento celos, sí me siento demasiado ajeno a ella. Debería hablar y decirle que todo estará bien, que no se preocupe por su empleo, que vamos a poder superar los obstáculos sin importar lo que suceda.
Ella es inteligente, encontrará un nuevo empleo pronto.
Al parecer espera a alguien, prepara la casa como si alguien fuera a venir. Menciona a una tal ‘Ana’ o algo así. Quizá es una amiga suya. Creo que debo salir, no quisiera interrumpir lo que las damas tengan que hablar.”
El hijo mira a su madre, esperando la reacción. Ana María, al escuchar su nombre en la libreta de la joven, quedó con la mirada perdida. Espanto podría describir mejor esa mirada. No salía de sí. Escudriñaba en su corazón, sin encontrar lógica en lo que acababa de oír, buscó en su mente algo de donde sujetarse, sólo encontró la misma respuesta que el personaje relataba: Está loca. La muchacha está loca y necesita ser atendida.
-¿Y bien? –preguntó el joven a su madre, sacándola del laberinto que tenía.
-¿Entendiste algo de eso, de lo que leíste? –preguntó la madre.
-Entiendo que ésta no es la libreta de una mujer. –respondió el hijo, tratando de hacer más amistosa la situación.
-Lo que leíste fue lo que sucedió hoy, eso pasó hoy. Mi nombre está en esa libreta, ¿Cómo es eso posible?
-Mamá, pueden ser muchas cosas ¿Cuántas “Anas” existen en la ciudad?, ¿A cuantas mujeres habrán despedido en las últimas dos semanas? ¿Cuántas de esas mujeres tienen dificultades en casa? Mamá, existe una explicación para todo, nada es insondable en este mundo, nada. No te preocupes, esta libreta es demasiado importante para ella, seguramente es ella la que vendrá a buscarla. Sólo tienes que esperar, quizá mañana aparezca por la fábrica.
-Bueno, dame la libreta. –dijo Ana María con seriedad y con un dejo de molestia.
-Si, bueno, igual quisiera leer un poco más, quizá encuentre alguna dirección. –respondió el joven, alejando la libreta de la vista de su madre.
-¡Pásame la libreta te dije! –exclamó la mujer con firmeza.
-¿Cuál libreta? – respondió como jugueteando.
-¡Pásamela te dije! –gritó la mujer, abalanzándose sobre su hijo.
-¡No! –respondió el joven iracundo, alejando la libreta lo más posible de las manos de su madre.
Ésta, sin poder alcanzar la libreta, se abalanzó contra su hijo, poniendo esas maternales manos sobre el cuello del joven. Éste respondió con furia y sujetó a Ana del cuello con una mano y con la otra le dio golpes en las costillas.
Los gemidos rabiosos de ambos eran horribles, tragaban saliva, sus sienes estaban a punto de estallar, los ojos se les salían de sus orbitas. Ninguno cedía, ninguno parecía ceder. Ambos se estaban ahorcando mutuamente.
La libreta parecía ajena de todo, ya no era tan importante. Así como tampoco eran importantes las vidas de dos personas que se aman mucho, como una madre y su hijo. No tan importante fue como ambos se vencieron en una pelea absurda nacida de la nada. Ya sin fuerzas, sin sangre que les llegara al cerebro, casi sin oxígeno, ambos dejaron de lado las fuerzas y cayeron abatidos, uno sobre otro.
IV
La imagen que tenía Danae en su mente era de una madre estrangulando a su hijo y viceversa. “Tengo que sacarme esto del corazón”, pensaba, mientras la imagen se grababa cada vez más y más, y su mano apretaba la esfera de plata que llevaba en su pecho.
Caminaba rápido, sin rumbo, era tarde y sentía ese escalofrío de que algo andaba cerca y quiere de ella. Apresuró más el paso, al punto de casi dar trotecitos cortos. Miraba hacia atrás cada vez con mayor frecuencia.
Quien la viera pensaría que arrancaba de algo o alguien.
Alrededor de ella la calle se empezaba a oscurecer, la luz de las ampolletas en las casas, el alumbrado público, las estrellas, todo perdía brillo. Hasta que Danae choca de frente contra algo que parecía no tener cuerpo o masa, pero aún así la tira al suelo. La joven empieza a sudar frío, entre la oscuridad se reflejaban la blancura de sus dientes y ojos, en una expresión de horror indescriptible. Su cuerpo completo empieza a temblar incontrolablemente, un hilillo de sangre le empieza a bajar de la nariz. No dice nada, ni un solo sonido sale de su boca. Tenía la garganta apretada, como la peor de las pesadillas, tenía un grito enorme atrapado y no lo podía soltar. Eso aumentaba su ahogo y no la dejaba respirar. Sus manos, histéricamente temblorosas, apretaron con firmeza la esfera en su pecho.
Desde el suelo miraba esa gran tiniebla frente a ella, esa tiniebla que no la dejaba hacer nada.
En su mente oye una voz. Se escuchaba difusa, como una mala señal de radiotransmisor. Era una voz masculina. Hablaba con calma, suavemente.
-Falta poco –decía- ayúdale, uno más. Unos más.
Algo atraviesa el cuerpo de Danae, como si un “otro” incorpóreo caminara dentro de ella.
Y de pronto todas las luces están a la vista, como si nada hubiera sucedido. Y Danae logra soltar su grito atorado, desgarrador, con lágrimas y los ojos apretados. Arrodillada, con el torso hacia delante y la cabeza topando con el pavimento, se ahogaba de tanto llanto encerrado, de tanta impotencia por algo que no controlaba, que no podía terminar, que la obligaba a seguir. Se toma la cabeza con ambas manos y empieza a desgarrar su cabello, luego empieza a dar golpes de puño al suelo. Lo golpea hasta que sus nudillos quedan empapados en sangre y agua.
Se queda ahí un buen rato, inmóvil. Entonces alguien le habla, una mano toma su hombro.
El rostro de la joven, oculto tras su alborotada cabellera, ya no es el de antes. Ahora es iracundo, feroz. La persona que está detrás de ella espera alguna respuesta. Danae revisa sigilosamente en su bolsillo, la brillante hoja de un cuchillo se asoma.
“Uno más” piensa antes de dar el siguiente paso.
***
