domingo 12 de octubre de 2008

LA ESFERA DE PLATA. Parte II

-Es que creo que esta libreta es de algún familiar o pariente de ella, o simplemente no es de ella. –explica el joven.

Ana María pierde la paciencia:

-¡Pero dime, dime qué pasa con la libreta! –exclama.

-Está bien, escucha.


III


“Los días cada vez están más acelerados, parece que no fueran días. Tengo esa sensación de que pronto todo va a acabar. No lo sé, a veces creo que ella puede tener a otro o simplemente se está volviendo loca, aún no lo sé. La veo hablando sola, saliendo de noche, regresando de madrugada, fría, tiritando. Me observa con distancia, con lejanía. Los días pasan rápido, dije. Así pasan mis días, viéndola salir en un momento, cuando todo está oscuro, y luego, al instante siguiente regresa. No pareciera que está toda la noche afuera, no pasan cinco minutos cuando ya amanece y todo se vuelve claro. Y a ella no la veo. Sólo pasa por nuestro dormitorio y me mira. Luego se va al trabajo.

Los días pasaban así hasta esta mañana cuando ella regresó bastante agitada. Parecía triste. Muy triste y angustiada. Sacó esa esfera de plata que lleva al cuello y le empezó a hablar, suele hacer eso. (Debo recordar llamar al doctor para que venga a verla. Espero que no sea muy grave lo que le sucede). Bueno, le hablaba a la esfera. Ella le decía lo mal que se sentía al haber perdido su empleo, y que no sólo perdió eso, también otra cosa muy preciada que no logro recordar que es. Quise acercarme, pero no pude. Sentía que estaba demás, ella nunca me habló de sus problemas, nunca conversábamos mucho de muchas cosas. Pero a esa esfera sí le habla mucho, seguramente se la regaló alguien muy importante, tanto que ni siquiera yo puedo saber quién es. Aunque no siento celos, sí me siento demasiado ajeno a ella. Debería hablar y decirle que todo estará bien, que no se preocupe por su empleo, que vamos a poder superar los obstáculos sin importar lo que suceda.

Ella es inteligente, encontrará un nuevo empleo pronto.

Al parecer espera a alguien, prepara la casa como si alguien fuera a venir. Menciona a una tal ‘Ana’ o algo así. Quizá es una amiga suya. Creo que debo salir, no quisiera interrumpir lo que las damas tengan que hablar.”

El hijo mira a su madre, esperando la reacción. Ana María, al escuchar su nombre en la libreta de la joven, quedó con la mirada perdida. Espanto podría describir mejor esa mirada. No salía de sí. Escudriñaba en su corazón, sin encontrar lógica en lo que acababa de oír, buscó en su mente algo de donde sujetarse, sólo encontró la misma respuesta que el personaje relataba: Está loca. La muchacha está loca y necesita ser atendida.

-¿Y bien? –preguntó el joven a su madre, sacándola del laberinto que tenía.

-¿Entendiste algo de eso, de lo que leíste? –preguntó la madre.

-Entiendo que ésta no es la libreta de una mujer. –respondió el hijo, tratando de hacer más amistosa la situación.

-Lo que leíste fue lo que sucedió hoy, eso pasó hoy. Mi nombre está en esa libreta, ¿Cómo es eso posible?

-Mamá, pueden ser muchas cosas ¿Cuántas “Anas” existen en la ciudad?, ¿A cuantas mujeres habrán despedido en las últimas dos semanas? ¿Cuántas de esas mujeres tienen dificultades en casa? Mamá, existe una explicación para todo, nada es insondable en este mundo, nada. No te preocupes, esta libreta es demasiado importante para ella, seguramente es ella la que vendrá a buscarla. Sólo tienes que esperar, quizá mañana aparezca por la fábrica.

-Bueno, dame la libreta. –dijo Ana María con seriedad y con un dejo de molestia.

-Si, bueno, igual quisiera leer un poco más, quizá encuentre alguna dirección. –respondió el joven, alejando la libreta de la vista de su madre.

-¡Pásame la libreta te dije! –exclamó la mujer con firmeza.

-¿Cuál libreta? – respondió como jugueteando.

-¡Pásamela te dije! –gritó la mujer, abalanzándose sobre su hijo.

-¡No! –respondió el joven iracundo, alejando la libreta lo más posible de las manos de su madre.

Ésta, sin poder alcanzar la libreta, se abalanzó contra su hijo, poniendo esas maternales manos sobre el cuello del joven. Éste respondió con furia y sujetó a Ana del cuello con una mano y con la otra le dio golpes en las costillas.

Los gemidos rabiosos de ambos eran horribles, tragaban saliva, sus sienes estaban a punto de estallar, los ojos se les salían de sus orbitas. Ninguno cedía, ninguno parecía ceder. Ambos se estaban ahorcando mutuamente.

La libreta parecía ajena de todo, ya no era tan importante. Así como tampoco eran importantes las vidas de dos personas que se aman mucho, como una madre y su hijo. No tan importante fue como ambos se vencieron en una pelea absurda nacida de la nada. Ya sin fuerzas, sin sangre que les llegara al cerebro, casi sin oxígeno, ambos dejaron de lado las fuerzas y cayeron abatidos, uno sobre otro.

IV

La imagen que tenía Danae en su mente era de una madre estrangulando a su hijo y viceversa. “Tengo que sacarme esto del corazón”, pensaba, mientras la imagen se grababa cada vez más y más, y su mano apretaba la esfera de plata que llevaba en su pecho.

Caminaba rápido, sin rumbo, era tarde y sentía ese escalofrío de que algo andaba cerca y quiere de ella. Apresuró más el paso, al punto de casi dar trotecitos cortos. Miraba hacia atrás cada vez con mayor frecuencia.

Quien la viera pensaría que arrancaba de algo o alguien.

Alrededor de ella la calle se empezaba a oscurecer, la luz de las ampolletas en las casas, el alumbrado público, las estrellas, todo perdía brillo. Hasta que Danae choca de frente contra algo que parecía no tener cuerpo o masa, pero aún así la tira al suelo. La joven empieza a sudar frío, entre la oscuridad se reflejaban la blancura de sus dientes y ojos, en una expresión de horror indescriptible. Su cuerpo completo empieza a temblar incontrolablemente, un hilillo de sangre le empieza a bajar de la nariz. No dice nada, ni un solo sonido sale de su boca. Tenía la garganta apretada, como la peor de las pesadillas, tenía un grito enorme atrapado y no lo podía soltar. Eso aumentaba su ahogo y no la dejaba respirar. Sus manos, histéricamente temblorosas, apretaron con firmeza la esfera en su pecho.

Desde el suelo miraba esa gran tiniebla frente a ella, esa tiniebla que no la dejaba hacer nada.

En su mente oye una voz. Se escuchaba difusa, como una mala señal de radiotransmisor. Era una voz masculina. Hablaba con calma, suavemente.

-Falta poco –decía- ayúdale, uno más. Unos más.

Algo atraviesa el cuerpo de Danae, como si un “otro” incorpóreo caminara dentro de ella.

Y de pronto todas las luces están a la vista, como si nada hubiera sucedido. Y Danae logra soltar su grito atorado, desgarrador, con lágrimas y los ojos apretados. Arrodillada, con el torso hacia delante y la cabeza topando con el pavimento, se ahogaba de tanto llanto encerrado, de tanta impotencia por algo que no controlaba, que no podía terminar, que la obligaba a seguir. Se toma la cabeza con ambas manos y empieza a desgarrar su cabello, luego empieza a dar golpes de puño al suelo. Lo golpea hasta que sus nudillos quedan empapados en sangre y agua.

Se queda ahí un buen rato, inmóvil. Entonces alguien le habla, una mano toma su hombro.

El rostro de la joven, oculto tras su alborotada cabellera, ya no es el de antes. Ahora es iracundo, feroz. La persona que está detrás de ella espera alguna respuesta. Danae revisa sigilosamente en su bolsillo, la brillante hoja de un cuchillo se asoma.

“Uno más” piensa antes de dar el siguiente paso.

***

domingo 28 de septiembre de 2008

LA ESFERA DE PLATA. Parte I

I

Las rodillas de la joven estaban en el suelo, hincadas en sangre. El rostro abatido y cabizbajo dejaba entre ver tímidos hilos de lágrimas que llegaban hasta el pavimento del callejón.

“¿Cuántas veces volveré a caer?” pensaba mientras veía de forma difusa sus propias lágrimas caer entre sus manos, en el suelo.

Recordaba ese rostro que alguna vez la había hecho feliz. En su mente, cientos de pequeños detalles con aquel rostro se sucedían uno tras otro. Recordaba cómo sonreía cada vez que hacían algo divertido, lo recordaba con la mirada perdida viendo televisión, recordaba cómo se alegraba cuando ella tomaba sus manos, cómo cerraba los ojos cuando acariciaba su cabello; recordaba su respiración, muy cerca de ella.

Sus lágrimas seguían cayendo, y creía que todo lo que ahora le sucedía era una pesadilla, un terrible sueño del cual no podía salir. Casi sentía sus manos tomándola, levantándola, casi veía su sonrisa dándole tranquilidad. Casi sentía el calor de esos besos que siempre tuvo. Ella no cree que esto está sucediendo.

A centímetros de su mano tiene un cuchillo. Sus ojos empapados se tiñen de la luz cobriza que el acero refleja del alumbrado público. Sus dedos se arrastran temblando, su mano se desliza de forma arácnida. Está muy cerca, vacila.

No quiere. Es una tarea difícil y tiene miedo.

Sus ojos se cierran, las lágrimas brotan y un ahogado lamento se escucha. Aguanta cuanto puede, aguanta lo que cualquiera aguantaría en su situación, hasta que revienta en llanto. Quiere abrazarlo, quiere hacerlo entender.

Llora por lo que pasó, por lo que tiene que pasar. Sus manos buscan en su pecho el abismo que quedó en ella, lo busca con desesperación, como si pudiera juntarlo un poco para que no duela tanto.

Llora, llora demasiado. No entiende, no sabe, no quiere asumirlo, no puede pasar, no, no… no.

De nuevo no.

Su cuerpo cae de lado, queda frente al cuchillo. Lo observa con gran tristeza. Acerca sus manos hasta él, sabe que así terminará todo.

Baja la mirada, cierra los ojos con fuerza, aprieta los dientes. Casi se siente su rechinar. Sus dedos descoordinadamente se adueñan del cuchillo, se hacen parte de él, se hace parte de ella.

Con lentitud lo empuña, las venas empiezan a brotar de sus manos, se muestran iracundas. Más atrás, su rostro estaba inyectado en sangre, mostraba los dientes con rabia y sus ojos eran los de un demonio colérico.
Se levanta, tambaleándose. Su cabeza sigue gacha, pero sabe donde caminar.

Empezó a seguir el camino de la sangre donde estaba hincada, caminó hacia la parte más oscura del callejón. Se apresuró a meter su mano en las tinieblas. Hizo un esfuerzo, un esfuerzo más, jaló con más fuerza.

De las tinieblas salió el cuerpo de una niña ensangrentada. Su cabeza estaba sujeta al cuerpo sólo con un poco de piel más sus vértebras cervicales. El resto estaba desgarrado, destrozado.

Toma el cuchillo y termina el trabajo, la cabeza de la niña cae en el pavimento provocando un sonido seco. Luego empieza a cercenar un brazo, luego el otro, continúa con las rodillas. Toma un respiro y con otro esfuerzo toma la ingle y le saca una pierna, luego la otra. Agotada, empieza a echar todos los pedazos en una bolsa.

Toma la cabeza. Observa la expresión de espanto de la pequeña segundos antes de morir. La joven se quiebra, coloca la cabeza en la bolsa y rompe a llorar sobre ella.

Piensa en la familia de la niña, en la madre, en el padre. Quizá tenía hermanos, quizá todos ellos la estarán buscando incansablemente. Imagina todo lo que pudo haber sido su futuro. ¿Tendrá siete, ocho años?

Le duele en el alma, llora y se siente culpable de lo que hizo. En su corazón podría creer que sería mejor devolver el cuerpo a la familia, pedir perdón y esperar a que alguien piadoso la matara de una vez para no seguir haciendo esto. Pero ella sabe que nadie le hará nada. Sabe lo que le sucederá a cualquiera que la toque, por eso no tiene amigos, por eso no tiene familia, por eso no busca nada, no mira al resto de las personas a los ojos, ni deja que la miren. Por eso vive sola, por eso no habla, por eso calla.

Sujeta la bolsa y se la lleva, ¿Cuántas bolsas habrá cargado?, ¿Cuántas personas habrá descuartizado?, ¿A cuantas sin siquiera haberlas matado?

Luego de deshacerse de los restos de la pequeña, vuelve a quedar con esa sensación de la cual se siente tan culpable como completa. Sujeta en su pecho algo a través de la blusa. Se sienta en un banco que encuentra cerca, está húmedo por la escarcha de la madrugada pero a ella no el importa. Saca de entre sus vestiduras una cadena de la cual cuelga una pequeña esfera de plata tallada con hermosos y extraños símbolos. Aprieta el objeto contra su pecho. Una sonrisa se dibuja en su rostro, sabe que queda poco, sabe que cuando se cumpla la cuota podrá tenerlo de verdad, tal cual es.

Sólo diez más.

II

Esa mañana, la joven Danae no pensaba en otra cosa. Sabía que en unas horas más debía ir a trabajar.

Abre la puerta de su pequeño departamento, deja las llaves en la mesa. Sobre ésta, un espejo de medio cuerpo la refleja. Se queda mirando, como esperando algo, como si viera a otra persona, como si estuviera a punto de decirle una verdad absoluta. Nada de eso sucede. Baja la mirada y camina al dormitorio. Ve la cama desordenada, se queda en el umbral de la puerta y una triste sonrisa se asoma en su rostro. Una fría lágrima rodea sus labios y cae hasta su barbilla. Sabe que es tarde, que llegará atrasada al trabajo, sabe que su jefe la regañará y amenazará con despedirla una vez más, y desea que su amado no esté cerca cuando eso suceda. No quiere verlo haciendo lo malvado. Quiere que sea como antes, como debe ser.

Caminando por el pasillo va dejando su ropa en el suelo, entra desnuda al baño, necesita limpiar la sangre de sus manos, de su cuerpo, de su alma. Cierra la puerta.

***

-¡La entrada es a las ocho y media y no a las nueve cuarenta y cinco! –grita el jefe a Danae.
- Lo siento Don Gustavo- responde sumisa y cabizbaja, sin mirar.
-“Lo siento, lo siento”, es la única respuesta que tienes para todo.

Ella sigue mirando el suelo.

-Sabes que detesto que no me miren cuando hablo. ¡Mírame!

Danae no levanta la cabeza. Cierra los ojos con angustia.

-Si no levantas tu cabeza y me miras, te quedarás sin empleo, ¿Me oyes? –amenaza.

La joven continúa en la misma posición.

-¡Estoy harto de estos juegos, te vas de aquí!

El resto de las mujeres que trabajan en la fábrica miraban de reojo a Danae y cómo era despedida. Sabían que esta vez parecía que realmente la echarían.

-No te quiero ver más por aquí –dice con rabia su jefe, y mirando a las otras mujeres, exclama -¡Y ustedes vuelvan a lo suyo!, no les pago para que estén de copuchentas por la vida.

Las mujeres vuelven a sus labores con apuro. Una de ellas sigue mirando de reojo, observa a Danae.
Ana María es una mujer mayor, tendrá alrededor de cincuenta años. Quizá treinta de ellos ha estado trabajando en esa fábrica. Su cuerpo, manos y rostro parecen cansados, pero su mirada es tan viva, jovial, que el resto parece de otra persona.

Luego que Don Gustavo desaparece del galpón, regañando con todo el mundo, Ana María se acerca a Danae, que no se ha movido del lugar. Cabizbaja, abatida, parecía una niña a la cual habían castigado. Ana María vacila antes de acercar su mano a ella. Le toma un hombro y con la otra intenta acariciar su cabeza.

Danae no se mueve.

-Pequeña, esta bien. Todo saldrá bien. –le dice con tono maternal.

La joven, sin mirarla, la abraza, y con la cabeza oculta en su pecho, rompe en llanto. La mujer, sorprendida, se compadece.

-Hay niña, será mejor que vayas a tu casa, si quieres me das tu dirección. Te iré a visitar, ¿Bueno? Te puedo ayudar a encontrar un nuevo trabajo, pero no llores. Que no te vean así, no les muestres que estás derrotada, nunca lo hagas.

Con cada palabra de la mujer, Danae se sentía más reconfortada, sentía algo que creyó perdido hace mucho tiempo, en un pasado difuso. Algo que parecía cariño, que sentía como caricias, calor, tranquilidad… amor.

La abrazó con fuerza, Ana María se sorprendió, pero igual devolvió el abrazo, no con tanta intensidad, ni entusiasmo, pero sí lo necesario para que Danae sintiera reciprocidad.

-¿Cómo te llamas, niña? –le pregunta Ana María.

-Danae –responde con voz entrecortada, mientras se aparta de la mujer.

-Mi nombre es Ana María. Escúchame, ahora debo volver al trabajo, será mejor que vayas a tu casa. Dame tu dirección, te visitaré, ¿bueno?

Danae levanta la cabeza, Ana María parece expectante. Sabe que esta niña nunca mira a nadie, nunca habla con nadie, de hecho, hasta que la escuchó hablar creía que era sordomuda. Las mujeres se burlaban de ella a sus espaldas, le decían “la tontita”.

Ana María esperaba ansiosa, Danae levanta la vista, alcanza a mirar los labios de la mujer, sus mejillas, su nariz, y difusamente alcanza a ver lo que serían sus ojos.

-¡No! –exclama Danae, y sale corriendo cabeza gacha hacia la puerta exterior del galpón.

De paso frente a la puerta, un hombre cargaba unas cajas en un camión. Ni él ni Danae se vieron y chocaron. Las cajas saltaron y ambos cayeron al suelo.

Ana María la vé y se apresura para ir en su ayuda, pero Danae se levanta y sigue corriendo hasta perderse. La mujer no la alcanza y se queda ayudando al hombre a recoger las cajas.

-¡Qué estúpida! –reclama el hombre- “La tontita” es poco para como deberían llamarla.

Ana María guarda silencio. Junto a una de las cajas estaba tirada una libreta vieja. Sin pensarlo la recoge y la guarda en uno de sus bolsillos.

-¿Estás bien? –pregunta al hombre, como para ver si notó lo de la libreta.

-Si, si. Deja ahí que yo arreglo esto –responde el hombre a regañadientes.

Ana María vuelve a su puesto un poco más tranquila. Una de sus compañeras se acerca.

-Así que “la tontita” puede hablar después de todo, ¿Ah?

Ana María sonríe, guarda silencio.

***

La caminata excesivamente veloz la hacía parecer que iba atrasada a algún lugar. Era de noche y puede que siempre corra así cuando sale del trabajo. Las cobrizas luces del alumbrado público acompañaban a la solitaria Ana María en su regreso a casa.

Toma el llavero con apuro pero la puerta de la entrada se abre sin aviso antes que ella pensara en introducir la llave.

Un joven alto y bien parecido se asoma, tendrá quizá veinte o veintidós años.

-¡Mamá, es tarde!, me preocupé mucho –dice el joven con inquietud.

-Perdona hijo –responde la mujer con apuro, mientras entra en la casa y se quita el tejido que le cubría la cabeza.

-Hice arroz, ¿te sirvo? –pregunta el joven.

-No, mijo. Quiero que me ayudes con algo si no estás ocupado.

-Estaba terminando de estudiar, pero igual dime, ¿de que se trata?

-Es que quiero que me leas algo, tu que tienes mejor vista.

-Bueno –responde el hijo con amabilidad.

Ana María, entusiasmada, se acerca al sillón donde había dejado su bolso. Junto al sillón había una mesa pequeña, y sobre ésta, la fotografía en blanco y negro de un hombre.

La mujer saca de su bolso la libreta vieja de Danae. Antes de volverse hacia su hijo, tuvo una sensación extraña. Sus ojos se cruzaron por un instante con la fotografía del hombre y sintió un escalofrío. Una nerviosa sonrisa apareció en sus labios y su rostro se tornó melancólico, pero no sintió tristeza, sintió angustia.

Al volverse hacia su hijo, su actitud era animosa y expectante. Extendió su brazo con la libreta en la mano.

-Esto es. –dijo.

El joven tomó la libreta con curiosidad.

-¿Qué es? –preguntó, esperando que su madre le diera una respuesta más elaborada que la obvia.

-Se le cayó a una niña que trabajaba en la fábrica. Fue despedida. Quiero ver si encuentras alguna dirección para visitarla y ver si necesita ayuda. Ella estaba muy afectada. –respondió la madre, con congoja.

El joven abrió la libreta en la primera página. No había dirección, sin embargo había mucho escrito. De encabezado había algo tan incierto como curioso. El joven guardó unos segundos de silencio que parecieron horas. La madre, impaciente, le apresuró:

-¿Qué?, ¿Qué dice?

El joven reacciona de su letargo.

-Está bien, bueno… no aparece ninguna dirección, pero hay algo escrito aquí. ¿Esta libreta pertenece a una niña dices? –pregunta el joven como para cerciorarse de lo que sus ojos estaban viendo.

-Si, a ella se le cayó del bolsillo, creo. –responde un tanto insegura la mujer.

-Es que creo que esta libreta es de algún familiar o pariente de ella, o simplemente no es de ella. –explica el joven.

Ana María pierde la paciencia:

-¡Pero dime, dime qué pasa con la libreta! –exclama.

-Está bien, escucha.

CONTINUA...